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Narrativa en prosa

El latín fue durante gran parte de la Edad Media la lengua de los textos escritos. Sin embargo, sustituido ya por el castellano como vehículo de comunicación, su conocimiento quedó restringido a los medios cultos, y aun en estos en muchos casos de forma precaria. Era, pues, natural que en algún momento la lengua habitual pasara a ser también la utilizada en la escritura. Según esto, es lógico que en el terreno literario el verso precediera a la prosa, ya que aquel estaba íntimamente ligado a la oralidad. Paulatinamente, pues, el castellano se va introduciendo en los textos en prosa.

Fernando III (1201-1252) asumió una decisión trascendental: adoptó el

castellano como lengua de cancillería; es decir, abandonó el latín como

lengua de los documentos notariales y administrativos en todo el reino y

declaró el castellano como lengua oficial. A partir de entonces todos

los documentos de carácter jurídico (fueros, leyes…) se escribieron en

castellano. Desde ese momento la prosa en lengua romance adquirió

cada vez más prestigio entre la gente culta.

Era necesario un léxico capaz de expresar ideas abstractas y una 

sintaxis en las que se pudieran expresar las complejas relaciones

existentes en el pensamiento. Elevar el castellano a lengua culta,

ampliando su léxico y dotando de flexibilidad a su sintaxis fue la tarea

que se impuso Alfonso X el Sabio, el hijo de Fernando III. Aunque no lo

consiguió por completo, pues el romance castellano no se emancipó

definitivamente del latín hasta el  siglo XVI, resulta evidente que sí dejó

que sí dejó puestos los pilares apropiados para levantar el edificio de la prosa castellana. Fue el creador de la prosa castellana, del mismo modo que el mallorquín Ramón Llull lo fue del catalán literario.

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Escuela de traductores de TOLEDO

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En la Escuela de Traductores de Toledo, fundada por el obispo don Raimundo, el castellano servía únicamente como enlace o punto común entre los expertos en las lenguas árabe y latina; por eso Juan Hispalense dice: “Me singula verba vulgariter proferente et Dominico Archidiacono singula a latium convertente, ex arabico translatum.” Se traducía, pues, palabra a palabra con lo cual las nuevas versiones latinas eran (y son) dificilísimas de leer, ya que continúan con su estructura sintáctica árabe. El esquema de este tipo de trabajo sería:

árabe —> (vulgar) —> latín.

En las escuelas alfonsíes se introduce una gran novedad en este esquema. Se dan cuenta de cómo el castellano podría servir por sí mismo de término de la versión, aunque careciese de la capacidad de difusión por toda Europa que tenía la traducción al latín. La simple traducción al castellano poséia un valor a tenerse en cuenta, pues su difusión podía ser más intensa dentro de la península, llegando a aquellas personas que no dominasen el latín o eran incapaces de comprender aquellas traducciones latinas. Alfonso X  hace, ya en el Libro de los juicios de las estrellas  que un escriba copie la versión romance, del mismo modo que se copiaba la versión latina.

En los equipos alfonsíes no se imitó exactamente la lengua hablada sino que se introdujeron en el castellano calcos sintácticos y semánticos de las lenguas en que estaban escritos los libros que se traducían (el árabe y el latín). Hasta cierto punto, pues no sabemos qué se debía a la inmadurez de la lengua o de las técnicas narrativas y qué se debía al influjo de la obra traducida, podemos considerar como arabismos la proliferación de las coordinadas copulativas mediante la conjunción e, et, la separación de los interlocutores del diálogo mediante el verso dixo (dijo) y el empleo anfibológico del pronombre de tercera persona él.

En un último estadio de las traducciones alfonsíes, se llegaría a suprimir la última parte, la versión latina, dejando solo la castellana, que el propio rey Alfonso retocaba, pereccionando su estilo, ya que poseía rasgos y formas dialectales de los autores de la versión, mozárabes y judíos. El rey realizó la corrección de los escritos en castellanos: les proporcionó cierta unidad de estilo; proporcionó también las primeras normas de regularización ortográfica del castellano; dotó de mayor perfección a la prosa huyendo, por ejemplo, de todo latinismo o cultismo que no fuera necesario; introdujo oportunos neologismos y consiguió una mayor fluidez expresiva.

 

Las consecuencias de este empeño tan universal fueron inmensas y afectaron a distintos ámbitos. Por un lado, la cultura griega penetra en Castilla a través de las traducciones latinas de los libros árabes y esto facilita el renacimiento del siglo XII. Por otro lado, por medio de las traducciones del sigo XIII, el castellano se amplía y transforma para cumplir su nueva función de lengua oficial y literaria. Además, al poner el saber al alcance de quienes no saben latín, se favorece la secularización de la cultura.

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